Sobre el polvo,

tumba de hombres,

nacen los espíritus.

 

Es de noche:

–¡Abran la puerta!–

se escucha desde

el Salón de los Caídos.

 

El Dios Loco 

ha mandado a sus cuervos,

a recoger los restos

de sus hijos muertos.

 

Entre los silentes árboles,

escondite de dementes y fieras,

el fuego se enardece, reclama

la sangre de delicadas terneras. 

 

Es de noche.

Los hombres se reúnen.

Cantan, gritan, enfurecen.

Se desnudan, aúllan y se devoran.

 

Delirantes, danzan para exorcizarse.

Para arrancar su dolor, imploran.

sus cantos se vuelven alaridos.

Y golpetean la tierra.

 

Quieren atravesar el mundo.

A través de llamas certeras,

se adentran en lo infinito.

Para escuchar lo que desean.

 

Ansían que sus manos

se conviertan en garras,

y sus dientes,en filosos colmillos.

 

Ser dioses en vez de hombres.

La bestia embestida en sus adentros

los llama, les arde, los revienta,

es el trance del animal que despierta.

 

Pero la deidad solo aguarda

a quien pierde su forma.

 

Despojados y vacíos.

Sin posibilidad de victoria.

Roban la animalidad perdida.

 

Desgarran sus ropas 

y cosen la piel a su carne viva,

piel de la feroz víctima,

piel sagrada, que tiene el poder

de transformar a quien arde la herida.

 

Ya no son hombres.

Son fuego, son acero.

La piel del oso despierta al espíritu.

La piel del oso reencarna en su latido .

Hombre-oso, animal supremo.

Estás por ver el ojo divino.

 

Su dios está con ellos,

a través del oso,

del lobo y del cuervo.

Hijos de la guerra,

ansían ver a sus muertos.

No huyen, no se lamentan.

El mundo no los contiene.

La inmortalidad los acecha.

 

¡Arranca de golpe la piel del oso!

¡Aúlla, en ausencia de lágrimas!

Deja que la oscuridad te muerda.

Deja que tu muerte sea solo una.

Sorprende con tu danza al que mira.

 

Muere, hombre,

deja que la noche te ciña,

que al dejar la vida,

la visión del cuervo

te abrirá la herida.